A lo largo del siglo XX, la caza comercial de ballenas fue una actividad económica común. Las flotas pesqueras salían al mar y regresaban con miles de ejemplares muertos, y esto se consideraba normal. Durante ese siglo, se estima que los humanos mataron aproximadamente 2,9 millones de grandes ballenas. La ballena azul, que fue la especie más abundante del planeta, vio su población reducirse en un 97% aproximadamente. Fue una catástrofe en pleno desarrollo, pero pocos fueron conscientes de su magnitud.

Un punto de inflexión llegó en 1986. La Comisión Ballenera Internacional (CBI) finalmente estableció una moratoria sobre la caza comercial. Para 1991, el número anual de ballenas cazadas cayó de cerca de 15,000 a unos 700 ejemplares. No fue una victoria total: Japón, Noruega e Islandia continuaron la caza alegando “investigación científica” y tradiciones culturales, pero para la mayor parte del mundo, la caza comercial quedó en el pasado.
No obstante, la moratoria dejó una pregunta importante: ¿qué pasaría ahora? Las comunidades costeras que dependían de la caza de ballenas desde hace siglos no podían cambiar de actividad de la noche a la mañana. Se necesitaba una alternativa, y llegó.
La idea era sencilla: en lugar de matar ballenas, las personas podrían pagar por verlas. El avistamiento organizado comenzó en Estados Unidos y Canadá durante los años 70, pero floreció realmente durante los 80 y 90, con el declive de la caza ballenera.

Hoy en día, esta es una industria multimillonaria. En 2024, se estimó que el valor global del avistamiento de ballenas alcanzó aproximadamente 2.85 mil millones de dólares, con más de 13 millones de personas participando anualmente en actividades de este tipo en alrededor de 120 países. Estudios de la década pasada indican que, si se expandiera a nuevas regiones, esta industria podría generar 413 millones adicionales de dólares al año y crear unos 5,700 nuevos empleos, elevando su potencial total a más de 2.5 mil millones de dólares y cerca de 19,000 empleos en todo el mundo.
Esto va más allá del turismo; el avistamiento de ballenas se ha convertido en uno de los argumentos más sólidos para la conservación de los mamíferos marinos.
La historia de Tenerife es especialmente ilustrativa. En los años 80, la isla era un típico destino de sol y playa en España. Los Cristianos, Costa Adeje — lugares para tomar el sol, hoteles y vida nocturna. Pocos reparaban en que, a escasa distancia de la costa, habitaban algunas de las poblaciones residentes más grandes de ballenas piloto.
Todo cambió en 1985. La empresa Tenerife Dolphin descubrió que los animales que mostraban a los turistas no eran delfines, sino ballenas piloto. Entre los turistas había una bióloga marina que lo señaló. En lugar de ignorarlo, la empresa decidió reorientar su actividad. Aprendieron, contrataron científicos y transformaron el entretenimiento en una verdadera observación de la fauna silvestre.
Fue un caso raro: un negocio evolucionando hacia una mayor responsabilidad. No porque fuera más económico — a menudo era más costoso — sino porque comprendieron el valor de tener animales vivos.

Hoy, la industria del avistamiento de ballenas en Tenerife genera alrededor de 42 millones de euros al año y atrae a 1.4 millones de turistas. En un solo paseo se pueden avistar hasta nueve especies de cetáceos: ballenas piloto, delfines moteados, delfines comunes, cachalotes y otros.
El éxito exige cumplimiento. En enero de 2021, la zona marina de Tenerife-La Gomera fue declarada “Whale Heritage Site”, el primer espacio así reconocido en Europa. Esto implicó establecer reglas estrictas. Las autoridades canarias introdujeron banderas amarillas para embarcaciones que cumplen con normas rigurosas. Solo unas 66 embarcaciones están autorizadas a operar en avistamiento.

Las normas regulan distancia, velocidad, número máximo de embarcaciones juntas y prohíben el baño en presencia de cetáceos. Desde 2018, se han impuesto más de 1,700 multas por incumplimientos: pesca ilegal, tours no autorizados, anclajes incorrectos en praderas marinas. En 2025, Tenerife lideró las Islas Canarias en sanciones por avistamiento ilegal, con cerca de 200 acciones oficiales.
Al mismo tiempo, se desarrollan programas científicos. El equipo de voluntarios de la organización WeWhale realiza estudios a largo plazo sobre ballenas piloto y delfines. Graban videos, capturan sonidos y marcan individuos mediante quemaduras y aletas. Estos datos permiten monitorear la salud poblacional, identificar ejemplares enfermos o heridos y alertar ante potenciales amenazas.
Los ingresos del turismo financian estos estudios. Se destina parte a programas educativos y proyectos locales de conservación, creando un ciclo sostenible: turistas desean animales sanos; estos solo pueden mostrarse respetando las normas; las normas exigen monitoreo científico; y el monitoreo es financiado por el turismo.
La situación en Tenerife no es perfecta. En 2025, la isla fue la que más reportes de avistamiento ilegal acumuló en Canarias. Algunos turistas aún nadan con los cetáceos, a pesar de la prohibición. La pesca clandestina persiste en zonas protegidas.
Sin embargo, incluso con estas dificultades, el sistema funciona mejor que su alternativa. La población de ballenas piloto permanece estable; los animales residen, se reproducen y crían en la zona.
La experiencia de Tenerife es una lección clave: con un enfoque adecuado, la economía y la conservación no están necesariamente en conflicto. Un cetáceo vivo tiene un valor económico probablemente mayor que uno muerto. Pero esto solo es posible con mecanismos de control serios, monitoreo científico y voluntad política.
La moratoria de 1986 fue el primer paso. La transición hacia el turismo de avistamiento fue el segundo. Hoy, con la recuperación de poblaciones de ballenas piloto, jorobadas y cachalotes, queda claro que ese cambio no fue solo una necesidad económica, sino una forma de salvar especies.
Hace décadas parecía inevitable la desaparición de ballenas azules, jorobadas y otras, debido a la explotación humana. La población californiana de ballena azul ha logrado recuperarse hasta un 97% de sus niveles históricos — unos 2,200 individuos — y es la única población con este nivel de recuperación. Otras regiones, como la Antártida, mantienen solo un 1-2% de sus números históricos.
Si alguna vez visitas la costa suroeste de Tenerife y ves surgir del agua a una elegante ballena piloto, recuerda que su supervivencia es gracias a una decisión política tomada a miles de kilómetros de distancia. Esa decisión no fue sencilla. Muchos países estuvieron en contra. Pero se tomó. Y gracias a ello, estos animales tienen futuro.